Cuando pensamos en la lengua, solemos asociarla al gusto, al habla o a la deglución. Pocas veces la observamos como un órgano profundamente simbólico, un verdadero puente entre cuerpo y emoción, entre nutrición y expresión.
La lengua es uno de los órganos más complejos del cuerpo humano: está densamente inervada, participa en funciones vitales como la alimentación, la comunicación y la regulación emocional. Tiene memoria, sensibilidad, fuerza y plasticidad. Y, aunque cueste notarlo, guarda una parte muy íntima de nuestra historia: el modo en que fuimos cuidados.
El sabor dulce y la primera experiencia de vínculo
El primer sabor que percibimos, incluso antes de nacer, es el dulce. Está presente en el líquido amniótico y luego, en la leche materna. El sabor dulce se asocia al aporte de energía: tranquiliza, contiene, vincula.
En Ayurveda, el sabor dulce (madhura rasa) es tierra y agua: nutrición, estabilidad, ternura, amor, apego. Desde la biología, el dulce activa el sistema de recompensa cerebral, liberando dopamina y generando sensaciones de calma y bienestar. A nivel afectivo, el dulce es memoria de apego y de supervivencia.
Sabor, emoción y apego
Cuando esa experiencia se repite, y ocurre en un contexto de apego seguro, el cuerpo registra: “dulce = estoy a salvo”.
Se va conformando lo que en neurobiología se conoce como huella de seguridad: un registro corporal de las primeras experiencias que modela nuestra manera de afrontar el estrés de riesgo, buscar contención, confiar en el entorno, y reconocer señales de cuidado.
Cuando el apego es inseguro —cuando hubo ausencia, caos, abandono, inestabilidad o sobrecarga—, el cuerpo puede seguir buscando esa sensación de alivio en lo único que recuerda: el sabor dulce. De adultos, esto puede traducirse en una relación emocional con los alimentos de sabor dulce (azúcares, almidones y algunas grasas), los alimentos reconfortantes, el acto de comer sin hambre. No se trata solo de una cuestión de voluntad: es una estrategia fisiológica de autorregulación emocional. Comer dulce calma porque alguna vez fue la forma de sentirnos contenidos.
A esto se suman muchas prácticas educativas y culturales: el azúcar como premio, castigo, consuelo o distracción ante el miedo o angustia.
Dar un caramelo a un niño que se golpeó puede sonar inocente…
pero ¿Qué pasa cuando ese gesto evita el contacto con su emoción real?
Cuando, sin decirlo, le enseñamos que lo dulce tapa lo que duele.
Pasamos por alto lo que siente, y enseñamos —sin querer— desde la no escucha, desde la no palabra, alimentando una respuesta de satisfacción dopaminérgica que reemplaza el registro emocional por alivio inmediato.
La lengua: una antena afectiva
La lengua participa en todo este proceso. Es el primer contacto con el alimento, con el mundo, con el otro. Toda persona que estuvo cerca de un bebé observa como incorpora el mundo a través de la boca.
A medida que nos desarrollamos la lengua es también vehículo de palabras, de silencios, de llantos contenidos.
La “lengua materna” no es solo el idioma.
Es también la capacidad de quien cuida de habitar el mundo simbólico, de sostener con palabras, cuerpo y presencia la construcción del otro.
La lengua da ritmo, sonido, movimiento que acompaña el amamantar, hablar, tragar, llorar, besar, respirar, meditar.
Es un músculo que articula lo invisible: el deseo, el enojo, la ternura, la angustia, la expresión del yo.
Cuando hay bloqueo emocional o trauma, muchas veces se refleja en la lengua: contracturas, bruxismo, dificultad para tragar, para hablar desde lo profundo.
De algún modo, recuperar la conexión con la lengua, su capacidad sensorial y expresiva, es reconectar con el sabor de estar vivos.
En nuestro programa transformacional Ciclares Biológicos, abordamos los sabores, el cuerpo y la emoción, profundizando en cómo el sistema digestivo, el sistema nervioso y la historia afectiva se entrelazan. Porque no solo digerimos alimentos. También digerimos experiencias, palabras, vínculos. Y a veces, lo que no pudimos decir… lo terminamos comiendo.
Una invitación: te propongo un pequeño ejercicio
- Sentate en silencio.
- Respirá por la nariz.
- Llevá la atención a tu lengua.
¿Está relajada o tensa?
¿Dónde se apoya? ¿Cómo se siente?
¿Podés percibir algún sabor?
La lengua puede ser una puerta hacia la presencia. Y el sabor, una memoria viva del vínculo.
Lic. Cecilia Dafne Tachdjian
