Una experiencia desde las habilidades DBT
Este sábado tuvimos el primer encuentro grupal de habilidades de regulación emocional y mindfulness en el marco de Ciclares Biológicos.
Fue profundamente movilizante.
Escuchar a cada persona abrir su corazón, poner en palabras lo que muchas veces queda silenciado, y animarse a habitar un proceso compartido, tiene algo difícil de explicar desde lo teórico.
Durante mucho tiempo, lo grupal no me resultaba atractivo.
Tal vez por timidez.
Tal vez por haber transitado espacios cargados de crítica o juicio.
Tal vez por experiencias académicas donde el trabajo en grupo perdía sentido y eficiencia.
Con el tiempo, algo empezó a transformarse.
Primero, en un trabajo de intervención comunitaria donde pude ver —por primera vez con claridad— el potencial real de lo colectivo en los procesos de cambio.
Luego, en experiencias interdisciplinarias que no solo fueron enriquecedoras, sino también profundamente disfrutables.
Y más recientemente, fuera del ámbito académico, en espacios circulares:
círculos de mujeres, ruedas de plantas, encuentros en torno al trabajo con hongos.
Experiencias que me transformaron en niveles que aún estoy aprendiendo a nombrar.
Pero este espacio tiene algo particular. No es solo un encuentro.
Es un entrenamiento.
Trabajamos con habilidades concretas de regulación emocional, basadas en el modelo de Terapia Dialéctico-Conductual (DBT): observar, describir, participar, regular impulsos, ampliar la tolerancia al malestar, y desarrollar una relación más consciente con nuestros pensamientos, emociones y conductas.
En este marco, lo grupal no es un complemento.
Es parte del método.
Porque hay algo que sucede cuando nos encontramos con otros que atraviesan dificultades similares:
se rompe el aislamiento.
Se amplía la perspectiva.
Se hace visible lo que creíamos exclusivamente propio.
Y, sobre todo, se entrena en vivo.
No solo aprendemos conceptos.
Vemos cómo otros los aplican.
Escuchamos estrategias.
Reconocemos patrones.
Probamos nuevas formas de responder.
Los ciclos, los círculos, las rondas, las ruedas…
tienen algo en común: todos estamos a la misma distancia del centro.⊕
Ahí, los egos se suavizan.
Y en ese compartir, se tejen redes que sostienen.
No desde la idealización de lo grupal, sino desde su potencia real cuando hay estructura, propósito y cuidado.
En la práctica clínica individual muchas veces aparece una dificultad central:
la sensación de estar solos en lo que nos pasa.
Lo grupal, cuando está bien coordinado, permite algo diferente:
nos vemos en otros.
nos comprendemos mejor.
nos regulamos en vínculo.
Y eso, desde una mirada integrativa —psicológica, neurobiológica y también vincular— tiene un valor enorme.
Hoy siento que necesitamos desarrollar más que nunca ciertas habilidades:
escuchar sin apurarnos a responder,
observar sin juzgar de inmediato,
y construir una relación más honesta con nosotros mismos.
Sí, el desafío, la disciplina, el orden y la constancia son indispensables.
Pero no desde una exigencia rígida, muchas veces sostenida por ideales ajenos o por la necesidad de validación.
Sino desde un lugar más propio.
Más consciente.
Más habitable.
Este es el proceso que estamos comenzando.
Un espacio donde el saber, el sentir y el hacer se encuentran.
Donde la teoría toma cuerpo.
Y donde cada persona, a su ritmo, va construyendo recursos.
Incluida yo.
Porque coordinar también es seguir aprendiendo.
Escuchando.
Ajustando.
Creciendo en el encuentro con otros.
Confío en el valor de lo grupal.
No como una idea romántica,
sino como una práctica concreta de transformación.
Y ojalá este proceso, en mayor o menor medida,
pueda abrir algo en quienes lo están transitando.
Porque cuando uno se mueve, algo en la red también se mueve.
Ceci